PREMIADO EN TORNEOS BONAERENSES

"Fierros eran los de antes" (Cuento)

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Este cuento obtuvo el segundo premio en la etapa Regional de Torneos Bonaerenses (Literatura), disputados en Tres Lomas el 30/7/24

 Fierros Eran Los De Antes
¿Te conté cómo fue la historia cuando mi viejo me enseñó a manejar? No hace mucho, fue el otro día, vos estabas en el campo ocupado con la cosecha, que llegamos con la F100 en medio del pueblo, no viste el choque en el negocio del Titi, y encima él quedo con el brazo vendado. No nos matamos de suerte esa vez.
Pero la cuestión, es que la semana pasada, se le dio por enseñarme, va, “Enseñarme”. Viste que mi papá nunca fue malo, siempre se dijo que es más bueno que Lassie, no más que es porfiado, y en situaciones en las que reniega no tiene mucha paciencia con nada. Ya de por si esa tarde le quedaba poca, si hacia 3 horas que estaba tirado en el piso, todo engrasado y lleno de aceite que perdía la máquina, buscando que le pasaba al cachivache.
Le faltaba un repuesto de un hidráulico que se le había cortado, el tipo busco, dio vuelta el galpón -para qué-, cuando se dio cuenta que no tenía más, se le terminó la poca la paciencia que le quedaba. “Subite y maneja que vamos para el pueblo, tengo las manos con aceite y ya sos bastante boludo como no saber” me lo dijo en un tono dentro de todo amable. Yo lo mire, medio desconcertado, capaz se había olvidado que nunca había tenido tiempo para enseñarme a manejar la camioneta, que tenía desde antes que yo naciera, tampoco le pregunte, y nunca se me dio por replantearme que hubiese sido de mí, si ese día no faltaba a la escuela.
Los nervios sobraban, me subí y aceleré, me había olvidado que todavía mi viejo no se dignó a comprar una automática, me falto meter primera, parecía que iba a correr en la F1 del ruido que hizo, ahí fue cuando me gane el primer reto. Metí cambio, y solté despacio el embrague, pero pegó un golpe y se paró, ahí vino el segundo reto. Después de conectar neuronas salimos despacito. El tramo hasta el pueblo no era largo, pero en el camino sobraban pozos, tampoco era como que podíamos levantar mucha velocidad, pero íbamos a 40 por las dudas, al primer pozo que esquivábamos agarrábamos 2 más y así hasta llegar a la ruta. Subí despacito y cuando la intenté acelerar buscó de pararse peor, después de un acelerón salimos.
Como era época de cosecha, ya te podés imaginar la ruta, no entraba más un camión, ni tampoco otro camionero que tocara la corneta que tenía como bocina para apurarnos a nosotros, va, a mí. Cuando agarramos la curva para entrar al pueblo, me olvide el guiño, tampoco era como si tuviéramos, pero se ve que el camión que venía atrás se dio cuenta porque se escuchó el ruido a freno y el golpe de otro camión que venía atrás de él impactar contra el acoplado; nosotros doblamos igual.
Ya llegando al pueblo, se nos cruzaron, cinco perros. Los cinco perros de siempre que ninguno tiene dueño, pero ya si le pones un dedo arriba te reclaman el maltrato animal y tenes un quilombo en puerta más o menos. Cuestión que yo me mandé, seguí derecho, según la lógica de papá el que tenía que esquivar al otro era el perro, no yo, pero se ve que nosotros éramos los que estábamos enterados de eso. Cuando la distancia se acortaba uno de los perros ni se movió, se quedó quieto, mansito pobrecito, acostumbrado a que lo esquiven; lástima que el parachoques nuestro no era uno de plástico. Papá en uno de sus inventos, le había soldado un caño grueso, ancho y bien macizo, cosa que no se rompa por nada y siga tirando unos años más.
Creo que fue uno de los mejores inventos que hizo, porque cuando lo chocamos, lo levantamos para arriba, mínimo 10 vueltas en el aire dio ese pobre galgo mezclado con otras razas más, y cayo, pero cayó en la caja de la camioneta, los dos miramos para atrás de un movimiento brusco, y yo, que era el que manejaba, no vi a los otros cuatro que me quedaban adelante.
Los esquive, dos vueltas completas le tuve que dar para que gire el volante, y agarramos la lomada de burro a la misma velocidad que veníamos. Pegó un salto la camioneta y la calva de mi viejo abolló el techo un poco más. Cuando tocamos piso, me quedaban tres perros más todavía siguiendo la camioneta, el cuarto se ve que se asustó, no se vio más.
Para eso calcúlale que era temprano todavía, antes del mediodía, once y media, justo. Ahí venia, cruzando la calle, doña Teresa ayudándose con su bastón para ir a comprar el pan y comer los ñoquis con salsa de todos los domingos que le hacía a su marido, don Pacho, que trabaja en el mismo taller al que teníamos que ir a buscar el repuesto y que seguramente la pobre señora lo estaba esperando con la comida ya lista.
La señora que ya venía por mitad de la calle, giro la cabeza de a poquito, y cuando nos vio, pegó un salto y se dio a la fuga de vuelta para su casa, con un paso lento pero acelerado, y moviendo el bastón lo más rápido que podía, lástima que uno de los perros que venía entretenido siguiéndonos a nosotros le voló el bastón de la mano, y le pegó bien en medio del hocico; doña Teresa cayó en cámara lenta y quedó sentada en el cordón sin entender nada, como esperando a don Pancho.
Yo que la evité, di cinco vueltas al volante, seguí, nunca entendí porque los otros dos perros nunca se fueron, si ya habíamos abatido a tres de la camada, pero siguieron ladrando y empezaron a morder las dos ruedas de adelante, uno de cada lado.
Llegando a la cuadra donde estaba el negocio del Titi, el perro de la izquierda se me cruzó adelante y cuando doble para el lado contrario, me lo lleve puesto con la misma rueda. La camioneta pegó otro salto e hizo que cada vez me fuera más a la derecha, yo que quise frenar, subí el freno de mano y gire el volante 10 veces más -para qué- la F100 giró sobre sí misma y quedo enfrentada al negocio del Titi y con el quinto perro enfrente.
Me apure a apretar el pedal del freno, pero me confundí y pise el acelerador a fondo, calculo que un poco más y salíamos en dos ruedas, el perro amago a salir para la derecha y después para la izquierda, pero para cuando se decidió el fierro soldado que teníamos de parachoques lo impacto de costado, justo en las costillas; del golpe fue disparado unos 20 metros rompiendo vidriera y cartel, y mandado derechito a la góndola de verduras.
-Ah entonces el Titi tiene el brazo vendado por el vidrio que rompiste, con razón-. Nono, al brazo se lo vendaron porque el Titi salió re enojado de la tienda, y cuando encaró para el lado de la camioneta para pelear a mi viejo, el primer perro que había quedado desmayado en la caja de la camioneta, se levantó y al primero que vio fue al Titi, y le salto arriba. Cuando se dio cuenta lo tenía colgado del brazo.