LEY DE PADRINAZGO PRESIDENCIAL
Cosa de Mandinga
En Argentina abundan leyes curiosas, pero pocas alcanzan el nivel de la ley de Padrinazgo Presidencial (20.843), vigente desde 1974. Según esta norma, cada presidente en funciones debe convertirse en padrino del séptimo hijo varón —y más tarde también de la séptima hija mujer— nacido en una familia. A cambio, el niño recibe una medalla, un diploma y una beca asistencial. Todo esto, con el objetivo de que no se transforme en lobo. En función de ello y a pesar de las manifestaciones del presidente de dar de baja esa disposición, el Estado adquirió medallas para cumplir con el padrinazgo de los "séptimos".
La ley tiene un trasfondo que oscila entre lo pintoresco y lo sobrenatural: la creencia de que el séptimo hijo podía transformarse en lobizón en las noches de luna llena. Para prevenir semejante destino, se estableció que el máximo mandatario del país adoptara simbólicamente a la criatura, lo que lo protegía del embrujo popular.
Origen de la tradición
El padrinazgo presidencial no es un invento criollo exclusivo. La tradición llegó desde la Rusia zarista, donde existía el temor de que el séptimo hijo varón se convirtiera en hombre lobo, y la séptima hija en bruja. Sin embargo, Argentina es el único país que lo institucionalizó por ley. En tierras guaraníes, la figura del Luisón —el séptimo hijo de Tau y Keraná que de noche merodeaba cementerios— reforzó la idea y terminó de darle color local a la superstición.
Hasta hoy, más de seiscientos argentinos se convirtieron en ahijados presidenciales, desde que Figueroa Alcorta inauguró la tradición en 1907. Algunos alcanzaron notoriedad, como el futbolista Maximiliano “Chanchi” Estévez, campeón con Racing en 2001, ahijado nada menos que de Jorge Rafael Videla.
Fuente: Realpolitik