RECUERDOS
La libreta
En estos días de altibajos económicos mezclados con el avance tecnológico, donde no sabemos cómo comprar para hacer rendir el mango, me puse a pensar en viejos tiempos…
La libreta de las compras de antaño, aún subsiste en los pueblos (como el mío), pero se trata de un objeto en vías de extinción. Y como tal, merece que le dediquemos una reflexión, sobre todo en estos tiempos de comercio electrónico, compras on line y demás yerbas. “La libreta” será siempre para los más grandes, la moneda universal de los pueblos, y no habrá plásticos o aplicaciones que puedan reemplazarlas, porque fue parte de nuestras vidas.
En primer lugar, era una de las pocas distinciones que se otorgaban a una persona honesta, porque no cualquiera era merecedor de “la libreta”. En los pueblos somos pocos y nos conocemos bien, y los comerciantes de antes, veteranos de muchas crisis y “garroteados” por la experiencia, sabían muy bien quienes eran los “peligrosos” a los que no se les podía entregar un arma de tal calibre. A lo sumo se le daban “dos o tres anotadas” y se les “agotaba el saldo” (viéndolo desde hoy). Cuando el comerciante te conocía y confiaba en vos; recién ahí y luego de varias pruebas (las de las “anotadas”), podías acceder a la anhelada libreta.
Nos criábamos usándola para los mandados de la casa, pero solo cuando nos independizábamos y lográbamos tener “la nuestra” aprendíamos cuanto valor tenía ese gastado montón de hojas en la economía y la vida de nuestro nuevo hogar.
Normalmente en la casa había tres libretas: la del carnicero, la de la panadería y la del almacén (que como casi siempre era un “ramos generales”, proporcionaba muchos otros artículos). Con los demás negocios, como don Yadalla Amín, el “turco” de la tienda, el fiado se manejaba “sin libreta”. El sodero don “Manavella” y los lecheros también solían usar libreta, así que eran varias. Y tenían que estar a mano, y ojo con perderlas porque estaba en juego mucho más que un simple papel. Ya lo contare más adelante.
Eran inconfundibles, hasta para los chicos: la del carnicero algo engrasada (en Cañada, Cejas, Ricca, Alaniz); y la del panadero (El “Tero”, Elvira y después “El negro” Denes) con restos de migas dentro (similar a los bolsillos de pantalones y guardapolvos de todo chico de pueblo: Bolitas, piedras, tuercas y migas de pan eran infaltables).
Las libretas se complementaban con la bolsa de los mandados de almacén (Balduzzi, Pagani, Capella, Lestarpé, Leon y otros). Era una bolsa de red o lona, totalmente ecológica porque en esas épocas el nylon era “algo que servía para hacer medias de mujer”. Las bolsas también eran específicas para cada rubro al igual que las libretas.
La libreta era un pacto comercial entre el comercio y el cliente, basado en la confianza mutua y la honestidad de ambos. Por eso era tan preciada y apreciada. Uno no necesitaba demostrarle nada al otro, ni llenar pilas de formularios para obtenerla. Simplemente había que ser buena gente, honesto y cumplidor. Con solo eso, la libreta era el resguardo para nuestras familias; cualquier crisis era tolerable porque el sustento estaba asegurado con ese simple pedazo de papel: pasaban sequías, malas cosechas, enfermedades, falta de laburo, pero la libreta seguía firme, y cuando se llenaba se arrancaba otra. Nuestros viejos no tenían mucho chamuyo para el mangazo, ni hacía falta. Se entendían con dos o tres palabras con el comerciante que le decía “lleve nomás, ya mejorarán las cosas”. Y se respetaba. En esas situaciones los padres nos bajaban las directivas del ahorro en las compras, porque, aunque el negocio nos fiara “no hay que abusarse”.
Como dije, era tal la confianza que muchos comerciantes solo anotaban en la libreta, sin llevar un registro propio, o sea que dejaban en las manos del cliente “la prueba” de la compra, sin dudar. Por eso para el cliente era tan importante conservarla y cuidarla. De ningún modo podía permitir que el comerciante pensara que la dio por perdida para “enredarle los números”. Eso era una deshonra que nuestros viejos no se podían permitir…porque el pueblo es chico y nos conocemos todos, y era preferible andar mal un tiempo que estar “mal visto” para siempre. Como dice la “biblia gaucha”: “Pues no es vergüenza ser pobre, y es vergüenza ser ladrón”
Otra prueba de confianza era cuando nos olvidábamos la libreta en casa, generalmente los chicos. “Me olvide la libreta” era una frase que normalmente era recibida con una mirada de reproche por el comerciante. Es que como dije, esa compra no tenía registro, y quedaba “en el aire” hasta la próxima, donde para ganarle de mano y mostrar que no teníamos mala intención, había que primerearlo pidiendo “¡anóteme lo que llevé ayer!”. Y los pibes teníamos que tener buena onda con el comerciante, de eso dependía que la “yapa” fuera abundante, y tal vez se le escapara algún caramelo “para la vuelta”.
Cuando el cliente cobraba, le pedía al comerciante (o nos mandaba a los chicos) que “le sume” la libreta. Este era un buen presagio para él: Si pedías “la suma” era porque ibas a pagar. Si venías atrasado la novedad era mejor aún. Si no tenías para toda la deuda, le pedias que te sume un mes, o dos, y deje algo para más adelante. Y no había ningún problema, porque el circuito económico del pueblo se manejaba así, sin apuros ni vencimientos. Incluso muchos años atrás dicen que se arreglaba solo por cosecha (una vez al año) y obviamente la deuda incluía en el “Ramos Generales” no solo los alimentos sino la mayoría de los insumos, herramientas, ropa y demás.
Al no haber inflación, riesgo país y la mar en coche, en la libreta le ponían el precio a las cosas. Aunque “la suma” fuera dentro de tres meses, no importaba. Uno podía saber el valor del azúcar solo mirando en la libreta del mes o del año anterior. Hasta tenía un fin educativo la bendita libreta porque a muchos nos hacían revisar las sumas, para “practicar” las matemáticas y la lectura del garabateo engrasado de nuestro amigo carnicero. Encontrarles un error a esas sumas era difícil; esa gente era una calculadora humana sin ninguna clase de ayuda tecnológica. Pero a veces ocurría, y entonces el pibe se llevaba los laureles en su casa por haberle encontrado 10 pesos de diferencia al “Titi” (o el almacenero que corresponda), cosa que inevitablemente al otro día era resuelta sin reproches ni agachadas, sea a favor o en contra de uno. Creo que para “Titi” era más humillante haberse equivocado en la suma, que la posible pérdida o ganancia.
En fin, en épocas de programas de puntaje, de “fidelización”, promociones y comercio on line, muchos todavía añoramos esa vieja libreta que era el símbolo de la igualdad, el resguardo para los tiempos difíciles y un “contrato” de honestidad entre partes que lamentablemente perdimos. Crecimos con esa ética simple, barata y pueblerina que a muchos nos sirvió para manejarnos en la vida, y no la olvidamos sea cual fuere el lado del mostrador que nos tocó en suerte.
Tres libretas marcaron nuestra niñez: la de las compras, la de ahorro y la de la Escuela. Ética, Previsión y Obligaciones, tres cualidades necesarias para conquistar derechos y progresar. Simple y sencillo ¿Verdad?